Tuve una vez un gato de ojos oscuros que parecían que siempre estuviera a punto de llorar. Un gato silencioso y perezoso, que le gustaba el vodka.
Un gato que era alérgico a los gatos.

Este gato trepaba a mi ventana cuando la luna era blanca y podía ver la ruta.

No comía y era flaco y despeinado.

No tomaba cerveza y me aruñaba cada vez que me fumaba un cigarrillo.
No le importaba si me olvidaba de el pero odiaba que compartiera mi cama con cualquier mujer que no fuera el.

Los dos nos acostábamos desnudos frente al ventilador en un cuarto pequeño, en una cama grande de resortes salidos, con las cortinas cerradas, para que detuvieran al sol.

Al principio mi gato me esperaba después de trabajar.

Gato no entendía mis silencios, mis caricias descuidadas y mi mente en resaca, no lo entendía por que nunca le conté, porque no lo deje averiguar.

Gato al principio reía y se ría conmigo en repetidas ocasiones. Dejo de hacerlo cuando por muchas noches no regresaba después de trabajar.
Me seguía donde yo le dijera y me guiaba en la oscuridad, por donde yo no podía ver.

El silencio y la falsa seguridad dejaron que ese mismo silencio se fuera expandiendo hasta que gato dejo de volver a casa días y noches enteras.
No me importó.

Gato era mucho más feliz lejos de mí. Mentira. Pero me gustaba creerlo.
Tal vez creerlo calmaba la culpa.

La culpa de comenzar algo y no terminarlo.

La culpa por no haber superado el exilio forzado del tejado de la casa de A.

Desde que soy niño se me han muerto muchos gatos, otros se han escapado, otros ocasionalmente me dejan ratas muertas en mi puerta, pero no se dejan ver.

Este gato fue el primero que llame Gato.

El cual me hizo prometer que no rompería su corazón remendado.

El que tiré a la calle en medio de una noche llena de estrellas, en una ciudad distinta a la que lo conocí.