- Buuu!!!!!!
- Jueputa, que susto!
(mmmmmmmmmm)
- Que rico, qué estabas tomando?
- Cerveza
(mmmmmmmmmm)
- Por qué?
- Por qué que?
- Por qué estabas tomando cerveza?
- Porque estaba en el bar.
Estaba guardando esta cajita de chicles para comérmela cuando te viera venir.
- No, me gusta más el sabor a licor
- ........... Querés una pastilla?
-Bueno.
Su mente es como su pelo,
Se lo lleva el viento fácilmente
Y termina enredado en mil laberintos…
Y cuando el viento es fuerte y se lleva su mente, sus ojos parecen como los de alguien que mira desde lo alto de un edificio y ve todo perfecto. Es como si su mirada cantara la letra de esa canción “Such great hights” de “the postal service”. ¿A quién se la cantas gato de la montaña?, me pregunto a mi mismo.
Ring, Ring
Suena un celular
Ya te caes desde lo alto del Edificio.
El telefono suena.
-Hola güapa.
-Vamos a cine?
-No puedo
-...
-...
-...
-...
-Como siempre vos lleno de trabajo
-Si
-Desde hace días que busco hacer algo con vos
-...
- Eso es muy jarto, sabes. Uno se cansa de tanto insistir y esperar que pasen las cosas
-Si, eso cansa
-Hablamos
-Chao
Un gato de ojos oscuros y redondos
Se entro a mi casa.
Cuando lo vi me pareció que tenia los parpados de color violeta.
Se quedó mirando alrededor y no se movió
Me metí a bañar pensando en que ya le conocía
Tal vez de años atrás (podría jurar que así era.)
Cuando salí de la ducha no le encontré. No se había ido.
Estaba oculto entre las sabanas de mi cama (la cual no tiendo, ni cambio desde hace unos meses.)
Exhausto me dormí mientras me acariciaba; ronqué y babee la almohada donde dormimos.
Sus bigotes me hicieron cosquillas en la cara, me desperté y comimos helado de vainilla.
Se fue con el sol de un día muy frío de esta fea ciudad.
Volverá? Creo que no.
Al menos hasta que se quite el morado que me dejó en el pecho. En el corazón, al lado de la cicatriz.
Voy a cambiar las sabanas.
Están manchadas.
Tengo un gato blanco de pelo amarillo.
Con dos lunares en las espalda que parecen dos ojos.
Y yo sí creo que son dos ojos, porque nunca le puedo sorprender por la espalda.
Me encanta cargarlo en mis brazos y llevarlo a la cama.
Por que es livianito y casi no pesa nada.
Se emborracha con mis palabras y el alcohol barato que siempre compro.
Este gato me da miedo.
Porque camina mejor que yo sobre los tejados.
Y hay veces que no lo puedo seguir.
Me gusta que se asome a su balcón y el viento lo despeine.
Me gusta cuando esta despeinado.
Me gusta cuando no lo veo por mucho tiempo y luego me lo encuentro, por ahí…
Este gato me da miedo.
Por que nunca me pregunta ni me cuenta nada.
Solo me mira y se ríe.
“Y que importa ser poeta o ser basura”
Extremoduro.
El poeta esta destinado a sufrir en la búsqueda incesante del amor. Morirá solo sin lograrlo, creerá encontrarlo en las muchas miradas sinceras y atractivas sonrisas de miles de gatos atraídos por la inteligencia y fluidez de sus palabras, que lograrán desnudar sus cuerpos y brindarán sus encantos carnales desinhibidamente. Pero esto no será suficiente para el poeta. El seguirá añorando reencontrar y poseer una vez más el amor intocable, aquel que el desvirgó, que creyó que siempre sería de el y de nadie más. Aquel que por más que lo niegue, ha sido usurpado por manos ajenas.
El poeta sufrirá mientras observa el atardecer de mil colores que se oculta tras las montañas de su ciudad. El querrá subir a la cima y ver desde allí el mar, y bajar hasta allá y sentir la sal pegarse a su piel, ver el amanecer calentar sus mejillas en medio de las sombras de las gaviotas que cruzan el horizonte. Pero nunca lo hará. No será capaz de hacerlo por sí mismo, pasará su vida soñando atravesar el muro montañoso con su gato dentro de la mochila. Con el amor que ha sido violado por un engaño; por la ternura que le ofrecieron y que en medio de su sufrimiento el poeta nunca pudo expresar. La muerte será un alivio y el castigo por nunca derribar el atardecer y convertirlo en un amanecer rojo repleto del olor de las olas que se quiebran en los acantilados
Tuve una vez un gato de ojos oscuros que parecían que siempre estuviera a punto de llorar. Un gato silencioso y perezoso, que le gustaba el vodka.
Un gato que era alérgico a los gatos.
Este gato trepaba a mi ventana cuando la luna era blanca y podía ver la ruta.
No comía y era flaco y despeinado.
No tomaba cerveza y me aruñaba cada vez que me fumaba un cigarrillo.
No le importaba si me olvidaba de el pero odiaba que compartiera mi cama con cualquier mujer que no fuera el.
Los dos nos acostábamos desnudos frente al ventilador en un cuarto pequeño, en una cama grande de resortes salidos, con las cortinas cerradas, para que detuvieran al sol.
Al principio mi gato me esperaba después de trabajar.
Gato no entendía mis silencios, mis caricias descuidadas y mi mente en resaca, no lo entendía por que nunca le conté, porque no lo deje averiguar.
Gato al principio reía y se ría conmigo en repetidas ocasiones. Dejo de hacerlo cuando por muchas noches no regresaba después de trabajar.
Me seguía donde yo le dijera y me guiaba en la oscuridad, por donde yo no podía ver.
El silencio y la falsa seguridad dejaron que ese mismo silencio se fuera expandiendo hasta que gato dejo de volver a casa días y noches enteras.
No me importó.
Gato era mucho más feliz lejos de mí. Mentira. Pero me gustaba creerlo.
Tal vez creerlo calmaba la culpa.
La culpa de comenzar algo y no terminarlo.
La culpa por no haber superado el exilio forzado del tejado de la casa de A.
Desde que soy niño se me han muerto muchos gatos, otros se han escapado, otros ocasionalmente me dejan ratas muertas en mi puerta, pero no se dejan ver.
Este gato fue el primero que llame Gato.
El cual me hizo prometer que no rompería su corazón remendado.
El que tiré a la calle en medio de una noche llena de estrellas, en una ciudad distinta a la que lo conocí.